Me gustan los amores a la antigua, cuando las mujeres se encontraban en un triangulo y dos jóvenes se peleaban hasta la muerte por su amor, cuando las mujeres éramos bellas gacelas, finas rosas de los hombres que debían aprender pacientemente a amar. Siempre mantengo la imagen de los varoniles galanes que luchaban por el amor de una humilde princesa, donde ella solía siempre en aceptar al más fuerte. Ahora los hombres simplemente se crían desde pequeños con cremas para el poto, la cara y los famosos talquitos mentolados para su tulita, que, por lo menos para mi, me son desechables, sin honor, ni sentido de clase y sacrificio. Tampoco somos dignas de conquistas en estos tiempos, porque de pendejas regalamos las flores al peor postor. El mundo y el amor andan tan rápidos, donde las damiselas nos escondemos detrás de vitrinas falsas, porque no queremos que nos encuentren ni menos que nos miren.
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